domingo, 9 de agosto de 2020

Un viaje interior

Todos los años desde que había empezado a trabajar y a tener dinero ahorrado juntaba sus días de vacaciones en septiembre y hacía un viaje al extranjero. Es soltera, sin novio, sin hijos, ni padres o personas dependientes a su cargo. Completamente libre para ir donde le apetezca (y sus ahorros se lo permitan). No tiene miedo de viajar sola o en compañía de alguna amiga. Y su hambre de conocer mundo no tiene límites, desde Argentina, Perú o Chile a Tailandia o Camboya pasando por países como Armenia, Irán o Tanzania. Ya tendrá tiempo de viajar por países más cercanos como Francia o Portugal, o de viajar por España cuando sea más mayor y los años le empiecen a pesar en la maleta. Pero este año es diferente. La pandemia del coronavirus ha impuesto restricciones para viajar desde España a muchos países. Y tiene que reconocerlo, le da miedo contagiarse. No por ella, se considera lo suficientemente sana y fuerte como para vencer al virus, sino por su familia. ¿Qué ocurriría si se lo contagiaba después a su madre o a su pequeña sobrina? No se lo podría perdonar. Así que este año había decidido pasar unas vacaciones diferentes. Su madre llevaba toda su vida contándole cómo pasaba sus vacaciones donde su abuela Urbana, en un pueblo de Palencia. Y cómo disfrutaba allí a pesar de que su abuela nunca le dejaba comer chocolate. Ella no había llegado a conocer ni siquiera a sus abuelos, murieron bastante antes de que naciera. Así que nunca ha ido en verano "al pueblo a ver a la familia", como le decían algunas de sus amigas. Más bien se considera toda una urbanita moderna, trabaja en una gran compañía de telecomunicaciones, sale a correr por el Retiro, va a ver las exposiciones cada vez que las cambian, acude asiduamente al teatro y otros espectáculos de moda, y luego publica sus fotos y vídeos en Instagram. De hecho, acaba de subir un Reel para decir a sus contactos a donde se va a ir de vacaciones, aunque sea consciente que esa es una información que no debería publicar nunca en las redes sociales. Sí, este año hará turismo de interior visitando el pueblo de sus bisabuelos, Palenzuela. Y no lo hará sola sino para variar, desde que era muy pequeña, acompañada de su familia. Así que busca alojamiento en una casa rural de la zona y hacía allí se dirigen. En el fondo no espera mucho de este viaje y cree que se va a aburrir soberanamente, pero sólo ver lo ilusionada que está su madre, como una niña pequeña esperando ver a los Reyes Magos, ya la compensa. Lo que no se podía imaginar es que después de tantos viajes al extranjero, este era el que más le iba a sorprender e impactar. Y es que no esperaba encontrarse un pueblo que respiraba historia por cada piedra que pisaba. Restos de una muralla medieval, ruinas de un castillo, iglesias (alguna también en ruinas), un convento-hospital, una importante judería... todo ello hablaba de un pasado glorioso (hasta Carlos V, o Carlos I de España, se alojó allí) claramente en decadencia. Había oído hablar mucho de la España vaciada, del despoblamiento de los pequeños pueblos, pero nunca lo había entendido hasta que llegó allí. Al llegar por el mediodía no se veía un alma por las calles, parecía un pueblo fantasma. En cambio, con la puesta del sol y al frescor de la noche todo se transformó. Cierto que eran pocos vecinos, pero allí todos se conocían y seguían sentándose en las puertas de las casas y en las plazuelas a charlar animadamente. ¿No decían que los castellanos eran serios y ariscos? Se sintió como si hubiera ido allí todos los veranos y los vecinos fueran parte de su familia. Y sintió que ella pertenecía a ese lugar, que aquel podría ser un estupendo sitio para vivir. ¿Cuánto hacía que no dormía tan bien, y sin aire acondicionado ni pastillas? ¿Qué hacía viviendo tan sola en la gran ciudad? Quizás hasta pudiera teletrabajar desde allí. El improvisado viaje al interior se había convertido en un inesperado viaje a su interior.